Llevo meses sin escribir ni publicar, porque el tiempo para mí dejó de existir. Y me dejé llevar.

Lo ancestral no se puede explicar, sino vivir desde experiencias que nos recuerdan estamos "acá".

No en pasado, futuro ni mucho menos en otro lugar. Acá, en estas paredes. Donde hoy puedo respirar.

Sentado en el colchón que me prestaron, luego de mudarme y saber que no tengo idea acerca de lo que luego vendrá.

Durante el último año me entregué a lo que sea que el Universo me quiera mostrar.

Descubrí imágenes que pensé ni podría imaginar.

Recordé lenguas que no conozco y cómo tocar el tambor, sin saberlo como algo mental.

El intelecto se queda muy corto, si pretendemos descubrir y vivir la verdad.

Es tan sutil y vasta, que desde una experiencia finita, no la podemos describir. No la podemos contar.

Solo nos queda vivirla, como sea que se presente. Y dejarnos por ella guiar.

Hay dos tiempos, uno ilusorio y otro real.

El ilusorio existe en nuestra mente, quiere lo que no tiene y nunca se logra apagar.

El real es el que sucede, ahora, acá. No ayer, mañana, ni mucho menos en otro lugar.

Está y no está, es lo único eterno y lo vemos al cambiar.

Estamos conectados, como los árboles desde el gran micelio. Como los ríos que desembocan al mar.

Nunca seremos independientes, por más que destinemos toda nuestra vida en alejar a los demás.

Tarde o temprano lo reconocemos, en una mirada, sonrisa o gesto. Desde alguien que nos impregne de realidad.

Procuré mucho en mi vida, que hoy no está. Y sin darme cuenta, recibí muchísimo más.

Somos más que cuerpo y pensamientos. La materia deja de estar. Prevalece nuestro espíritu, eterno si le damos lugar.

Vivir se trata de contemplar. El conflicto es una ilusión y existe al olvidar que no hay luz sin oscuridad.

Palabras sobran, en verdad.

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